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Perder la virginidad enamorado en la juventud

No hay cosa más hermosa que perder la virginidad enamorado y en plena juventud.

Hoy tengo cuarenta años pero a veces un aroma nos hace viajar en el tiempo y recordar cosas que creíamos tener olvidadas.

Hoy llueve a cántaros en la ciudad y mientras pasaba por el parque situado al costado de casa, totalmente empapada de pies a cabeza, me invadió de repente ese aroma a tierra mojada, acompañado por el bochorno que genera una tormenta de esas, repentinas, que suelen visitarnos por sorpresa en verano, cuando el agua cae tibia y que, al contrario de refrescar el ambiente, aún genera una sensación de asfixia mayor.

Entonces sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y que me hizo situarme en mi tierna adolescencia, cuando aún no conocía los placeres de la vida. Aquellos años en que, por trabajo de mi padre, tuvimos que mudarnos a una pequeña ciudad tropical donde podías bañarte en el mar desde el primero de enero, aquella donde era verano todo el año y donde en la estación estival vivíamos prácticamente en un infierno. ¡Demasiado calor! Ahora que lo pienso me pregunto ¿Cómo era posible sobrevivir con esas temperaturas?

Será porque en sí, mi cuerpo ya estaba ardiendo y yo no encontraba la respuesta. Mi desarrollo fue tan precoz que no me dio tiempo apenas de entenderlo.

Estábamos de vacaciones escolares (justo acabamos el bachiller). Aquel verano, matizado por el aroma a tierra mojada que viene luego de tres días de lluvia intensa gracias al paso del huracán en turno, sentía que iba a estallar. Era el año mil novecientos ochenta y algo, tenía 18 años y era hija única, tan tímida y reservada. Acababa de terminar la secundaria que completaba en aquella ciudad, tan nueva para mí, donde no tenía familia cercana y apenas había hecho algunos amigos.

Vivíamos entonces en la sana ignorancia de aquella generación que crecimos sin internet, hijos de padres para los que aún era tabú explicar los temas sexuales a los hijos, tarea que dejaban en manos de las escuelas donde lo que nos explicaban no era lo que queríamos saber…

Ese verano, tan sofocante, tuvimos una visita inesperada invitada por mi padre. Debido a su trabajo, mi papá viajaba mucho.

En una de sus estancias fuera de casa, se hizo muy buen amigo de un colega que tenía un par de hijos: una chica ya casada y un joven de 18 años que estaba aprendiendo nuestro idioma. Este chico tenía el deseo de practicar nuestro idioma. Y su colega le pidió si podía enviarlo a nuestra casa un verano.

Mi padre, agradecido por toda la ayuda y amistad que su colega le había proporcionado mientras estuvo en su país, aceptó la solicitud.

¡Será perfecto! - le dijo a mi madre. A la niña le hace falta practicar inglés y así los dos podrán ayudarse y hacer algo de provecho este verano.

Supongo que mi padre, al estar tan metido en todos sus proyectos, jamás pensó en que yo, su niña tímida y perfecta, quisiera aprender algo más que inglés. No era ese el intercambio de lenguas que me interesaba.

A mi madre le daba igual. Yo nunca le di problemas, excepto la depresión post-parto que le generó mi nacimiento y que aún le dura. Así que ¡vía libre!

Cuando Lars y yo nos conocimos, nos hicimos amigos enseguida. Todo y que la comunicación en un principio no fue tan fluida, aprendimos a entendernos cada vez mejor y, cumpliendo con el objetivo de nuestros padres, dedicábamos tiempo para practicar ambos idiomas que día a día progresaban adecuadamente.

Si yo no estaba acostumbrada al clima de calor y humedad predominante en el verano en nuestra ciudad, Lars, que venía del norte, tampoco. Era una especie de vikingo, alto y rubio, con unos ojos de un azul tan profundo que electrizaba. En el pueblo le miraban con asombro pues no había nadie que se le pareciera. A mí, que mataba el tiempo leyendo, me recordaba a “el ahogado más hermoso del mundo”; personaje de un relato corto de García Márquez pero que, para mi suerte, este vikingo estaba tan vivo como yo.

Una tarde, después de comer, mi madre se tomó sus antidepresivos, se levantó de la mesa y se fue a dormir la siesta dejándonos, como cada día, solos a Lars y a mí. En las noticias habían dado la alarma de un nuevo huracán que se acercaba a la ciudad y en el pueblo ya llovía a cántaros desde la madrugada. Hacía tanto calor y tanta humedad que, aburridos, Lars y yo salimos al jardín de casa a bañarnos bajo la lluvia, ¡Qué felicidad!

Mi pobre vikingo estaba empapado, de pies a cabeza igual que yo y, cuando se nos pasó la tontería subimos a quitarnos la ropa mojada. Lars se quitó la camiseta y fue entonces cuando pude ver su hermoso torso desnudo y bien marcado, el cuerpo de un adolescente lleno de energía y acostumbrado a hacer deporte. Tenía un perfecto color dorado y sus pectorales estaban decorados por un fino vello rubio que, al mirarlo me hizo estremecer. Lars lo notó, porque debajo de mi camiseta húmeda mis pezones se transformaron en dos jugosas cerezas que coronaban mis pechos de casi universitaria, redondos y firmes.

No era el frío de la ropa mojada, era la excitación, eso que me quemaba por dentro. Con una mirada cómplice de travesura comenzamos a quitarnos la ropa - uno al otro - y ese aroma a tierra húmeda se mezclaba con el sabor de la piel salada, de ese primer beso, el que Lars me dio mientras me quitaba la camiseta. Yo sentía que la humedad me había invadido por dentro pero no era la lluvia, era yo… Mi pecho frío se apretujaba a los pectorales de Lars mientras nos besábamos y esa cercanía me hizo sentir por primera vez el excitante bulto que se había generado en su entrepierna. ¡Me moría de curiosidad! Jamás había visto a un hombre desnudo.

Con desesperación intentaba quitarle los pantalones cortos pero la humedad de la lluvia los enganchaba a su cuerpo y ese bulto seguía creciendo, parecía que me señalaba. Cuando por fin pude verlo mi reacción fue de susto y excitación por partes iguales.

Se levantaba de entre un campo de tupido vello rubio un enorme -al menos para mí entonces lo era- mástil rosado y hermoso. Mi cara de admiración era un poema que Lars supo leer y reaccionó quitándome las braguitas, empapadas desde dentro y desde fuera. Estaba tan mojada que de mi coño fluía una especie de gel transparente y viscoso. Lars deslizó sus labios sobre mi cuello, bajando por mi pecho hasta llegar a uno de mis pezones para morderlo con suavidad. Su mano tocaba mi centro del placer e intentaba introducir poco a poco uno de sus dedos. ¡Me estremecí! ¡Jamás había sentido nada igual!

Lars no sabía, por eso, que iba a perder la virginidad enamorada de él, en mi tierna juventud.

¿Primera vez? - me preguntó. Yo asentí con la cabeza pues no hacía falta expresar palabras. Sin decirme nada más, me volvió a besar mientras eran ya dos de sus dedos los que exploraban mi interior. Mi coño, totalmente mojado, comenzó a relajarse y Lars cuando sintió que se había abierto camino, colocó ese hermoso mástil apuntando a mi vagina y me penetró...

Por unos segundos no supe si dar gracias por sentir lo que tantas veces me había imaginado cómo sería. También dudé sobre si arrepentirme de lo que estaba sucediendo. Tuve que ahogar un grito de dolor tras el primer embiste, el que me arrebató la virginidad… Luego, rota la barrera pude comenzar a disfrutar. Estábamos tan excitados que la tarea no fue demasiado larga. Mi piel morena estaba erizada, mis pezones seguían erguidos y duros; el vello rubio de Lars estaba en punta, y ese azul profundo de sus ojos me transportaba hacia el paraíso.

Por un momento se nos olvidó el frío de la ropa mojada, por un instante olvidamos el calor sofocante de los veranos tropicales. De repente un espasmo completo y un gemido ahogado de Lars le hizo salir rápidamente de mi cuerpo y le vi explotar… mis tetas se cubrieron de una capa blanca y viscosa… Esa fue la primera vez que vi nevar y fue, sin duda, en el mejor verano de mi vida.

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